lunes, 16 de marzo de 2015

Distancia (soneto)

La vida inexorable se descara,
con su capricho de sentencia impune.
Si ahora es el amor el que nos une
¿Por qué con la distancia nos separa?

Si tanto añoro acariciar tu cara,
me obliga de tus besos a que ayune;
como si fuera un insensible inmune
que tus amores no necesitara.

Entonces lanzo un grito al infinito
¡Te adoro… mi pasión es sobrehumana!
¡No me cabe este amor… te necesito!

Pero esta, mi ansiedad nada se gana,
pues si en la inmensidad viaja mi grito;
sigue estando mi niña tan lejana.



La carta que nunca envié

No sé dónde estás... y esta carta la escribo, no por ti, no por lo que eres.
Tal vez... por el pasado... tal vez, por las cálidas y sosegadas horas que tu locura o capricho me hayan regalado... Y si digo locura... no pienso en tu cabeza frágil, transmutable y voluptuosa, sólo pienso en los instantes en que de infernal pasión parecía tu corazón entregarse, como deshojando uno a uno, los pétalos de una rosa. O tal vez escribo para mí... escribo para mi corazón, escribo para mi alma... o escribo para mis sentimientos que alguna compensación han de tener por haberlos feriado a cambio de vanidad y sufrimiento.
¿Qué quieres que te diga? ¿Que te quise como mujer, como un fantasma o como mi amante?
Como mujer Dios te premió con todos los encantos terrenales; como fantasma, vagas por la vida, y tu vida vaga como un fantasma... y como amante medrosa y sin mañana.
¡Qué dolor decirlo, pero mi alma fue, para ti, demasiado grande!

¿Sabes lo que es el alma? ¿Sabes dónde se aprende a vibrar, a gozar y a sufrir con el dolor, la alegría y la esperanza? ¿No lo sabes? Pero ¿Acaso crees que existen pasajes o tratados donde te enseñen a amar como hasta ahora nunca has amado? ¿Crees que conociendo a Sócrates, Platón o Aristóteles tu alma se te ensanche y pueda cimbrar como la mía te lo ha mostrado? Yo te digo que no. Cosas como éstas, sólo se aprenden en las entrañas de la madre que nos concibió y mi madre me dio una esencia tan desaforada que para amarte ¡Mucha alma me sobró! Perdóname por esta carta, aunque sé que nunca la enviaré. Primero porque no sé... dónde estás y segundo, porque después de amarte tanto, el alma que te escribe no te quiere ofender.