jueves, 6 de noviembre de 2014

Incomprensión (minificción)


Abrí mi abismo frío y solitario, mal llamado cama,
y me acosté refugiándome en el abrazo de sus mantas.
Mi boca apestaba a alcohol tras una noche azarosa.

Me sentía tan solo pero ella estaba a mi lado
y la agarré en un dulce e intenso abrazo infantil.

La sentía suave...
pero aún así era complicado sentirse cómodo con ella.

Deshice el abrazo y me di la vuelta,
con un ligero gesto de enfado.

Dormí aquella noche sintiendo la frialdad
que emanaba su tacto en mi espalda
mientras nuestros rostros miraban en direcciones opuestas,
peleados mi almohada y yo por la incapacidad de entendernos.

Josseph



Ruinas


Hoy mi casa está en ruinas,
mi esperanza está sin lavar 
con el montón de trastos
apilados en la pileta y
mi corazón amontonado
con la ropa sucia.
Tu nombre se fue desvaneciendo,
con el frío de la noche
y mi ilusión se fue empolvando,
porque estaba a ras de suelo.

Mi ánimo bajó los brazos, 
se tendió sobre la cama
y detrás de la ventana
desdeñó los días soleados
y el canto de las aves.

La indolencia y el desgano
hicieron tierra fértil en tu ausencia
y creció una enorme enredadera
que no da ni flor ni fruto,
cubriendo la enorme pared
que edifiqué en tu nombre.

Mi casa se convirtió en un campo yerto,
donde no se oye el eco de tu voz
ni de tu risa,
y sin el olor dulce y azul de tu perfume.
Las mariposas de colores fueron muriendo,
y se quedaron en el suelo como hojarasca
y en su lugar, germinaron de la podredumbre
animales ponzoñosos pasando 
de la miel al veneno.

La casa no soporta estar sin ti
como el campo no soporta
estar sin la primavera.
Mi casa se quedó en un día frío de llovizna,
sin tu ternura.
Por todas las goteras,
se meten las lágrimas
que aún no he derramado.

El piso frío, sin el barniz de tus pies 
pequeños, en una humedad verduzca,
junto con mi tristeza hicieron hongos,
y en lugar de la ambrosía de tu voz,
corren las esporas del silencio profundo.

Hoy la casa está más triste que nunca.
Hoy la casa, mi corazón y mi locura,
te extrañan desesperadamente.
Mi alma quedó como una ciudad sitiada
en la que ya no quedan ni perros callejeros,
hoy la casa ya no es casa,
hoy la casa está en ruinas.



Josseph



miércoles, 5 de noviembre de 2014

Si me alejaras (Soneto)

Si me alejaras de ti, en el vacío
errarán tus sueños más profundos;
no habrá ya presencia en este mundo
que pueda llenar el cauce de este río.

De seguro moriré y morirás de frío,
no hallarás hora ni lugar fecundo;
el invierno caerá, presagio inmundo,
y en todo amor no encontrarás el mío.

Despojada de mí, luz extinguida,
me buscarás en ti sin alegría alguna,
sabiendo que tu vida no es mi vida.

El sol navegará en cielos sin luna,
besará la soledad tu alma escindida:
partida en dos, la estrella que era una.


Dualidad (soneto)

Estás aquí, tan cerca y tan lejos
que resulta absurdo no tocarte,
y es a la vez imposible no extrañarte,
cual si fueras tú misma y tu reflejo.

Te toca mi aliento en los espejos,
te roza mi ensueño en cada parte,
más no es igual amarte que amarte
pues si una va conmigo, a otra dejo.

¿Qué mitad me ama y cual se escapa
en esta división que admiro y temo,
en esa dualidad que suelta y ata?

¿A quien capturo, a qué me entrego?
¿Qué me dará vida, quien me mata?
Confiesa ¿Eres tú o tú en este juego?
 
 

Grandiosas insignificancias, Insignificantes grandezas (Minificción)


A veces me siento solo. A quién no le ha pasado alguna vez. Incluso estando rodeado de gente, o amigos, a menudo escapo con mi mente a lugares solitarios en los que nadie puede encontrarme. Y allí, distante de la realidad, comparto con ella reflexiones, emociones... sentimientos y sensaciones, que puede nunca muestre a nadie, que puede nadie nunca quiera conocer.
Tampoco se pierden gran cosa.
De un tiempo al momento presente sucede que, cuando estoy solo, en una soledad sin gente alrededor, recuerdo algunas de esas conversaciones. En ellas, pequeñas enseñanzas ocultas en breves relatos salen a la luz sin más que cerrar por un instante los ojos.
Esta es una de esas historias que, en una de tales ocasiones, me contó mi mente, quizá cansada ya de mis pensamientos, o pesadumbres, pero que a pesar de ellas nunca, o mejor dicho, todavía no me ha abandonado. También es cierto que, a buen seguro, si pudiese lo haría.
Prefiero no pensar en ello.
La historia, breve, pero no por ello carente de razón o interés, comenzaba así...
En tiempos de ricos y pobres, de reyes y esclavos, la vida, incluso la de los más notables, apenas tenía valor.
Guerreros se enzarzaban en sangrientas batallas; reyes y nobles morían envenenados por envidias y traiciones; inquisidores torturaban y asesinaban en nombre de su dios; gentes apenas consideradas personas y cuya existencia daba, simplemente, igual fallecían de hambre, frío o pena en cualquier olvidado rincón.
Tal era el valor de la vida, que quien mataba no sentía culpa alguna. Incluso en ocasiones se convertía en héroe, admirado y agasajado por el pueblo.
Distinto era para quien moría, pues el hecho de morir es igual a todos, por muy diferente que sea la muerte. Tan sólo, dejar de vivir, dejar de sentir, dejar de ser.
Nada más.
Tal era el valor de la vida. Aunque, cierto es, no para todos.
En un pequeño pueblo casi perdido, se contó durante mucho tiempo el relato de un rey que, durante una cacería, se perdió en la profundidad de un bosque.
Oscurecía ya cuando, tras buscar caminos o sendas que seguir, topó con una cabaña situada junto a un pequeño claro al lado de un río.
Creyendo aquellos lugares sus tierras, y sabiéndose monarca, vociferó mientras golpeaba fuertemente la puerta:
- ¡Abrid al rey! He perdido mi séquito y cuanto necesito para satisfacer a mi persona. Dejadme pasar aquí la noche, y seréis recompensados o castigados en función de vuestros actos y servicios. Mañana marcharé, pues mi reino me necesita. Ahora, ¡abrid!.
Casi de inmediato, se escucharon unos pasos acercándose a la puerta, y una voz que, susurrante, pronunció estas palabras:
- No te creas tan importante, o imprescindible. El sol salía antes de estar tú en este mundo. Y, tenlo por seguro, seguirá haciéndolo cuando no seas ya ni un lejano recuerdo en las mentes de los contadores de historias. No pienses que tus problemas son tan grandes y graves, o tus virtudes y ofrecimientos tan valiosos. Tampoco tus amenazas tan temibles. Alza la vista, y mira el cielo. ¿Ves su fin? Pues para el infinito tu persona o cuanto te suceda en vida es poco menos que nada.
Estupefacto, el rey observó el estrellado cielo.
Pasados unos segundos, mientras las palabras todavía sonaban en el eco de la lejanía, la puerta se abrió, y una lumbre acogedora lo invitó a entrar.
Se dice que el rey pasó la noche en la casa, y durante horas y horas estuvo hablando con el viejo ermitaño que allí vivía.
A la mañana siguiente, marchó, y logró regresar a su reino.
Los contadores de historias no conocen un final concreto para este relato. Pero saben que cuando un pobre o un vagabundo llamaba a alguna de las puertas del reino, se escuchaban estas palabras:
- No te creas tan insignificante, o ignorante. Formas parte de la vida de muchas otras personas. Y, tenlo por seguro, te recordarán cuando ya no estés. No pienses que tus problemas no tienen solución alguna, o que careces de virtudes y cosas que ofrecer. Tu persona siempre será tuya, y con ella, su compañía. Alza la vista, y mira el cielo. ¿Ves su fin? Pues para el infinito tú no eres más, ni menos, que nadie.
Y tras estas palabras, siempre se abría la puerta, un plato caliente era servido y un lecho cedido.
Cuentan algunos que en el reino dejaron de haber muertes sin razón, y pobres, y ricos, sin corazón. Y la vida se valoró un poco más. O un mucho. Porque si algo hay seguro en ella es que, más bien temprano, terminará.
Y esta es la historia que, creo recordar, me contó mi mente.
Existen grandezas insignificantes. De hecho, casi todas lo son. Pero no hay como insignificancias grandiosas para quienes, de verdad, saben valorar.


"Nunca te creas tan importante o ignorante como un rey, ni tan insignificante o imprescindible como un vagabundo...", terminó diciéndome mi mente.
Creo que todavía no la he entendido lo suficiente.




Crónica de un amor frustrado (minificción sin ficción)

El paso del tiempo había sido generoso con él... Ella lo notó tras lanzarle una fugaz mirada que aceleró los latidos de su corazón, y la llenó de aprensión.
A todos nos rompen el corazón alguna vez, pero la mayoría nos recuperamos rápidamente. Ella había destrozado el suyo con sus caprichos y su necedad... aún no lo superaba, aún recordaba las últimas palabras de él y sus propias palabras llenas de falsedad. Aceptó una copa de vino  y charló con los demás, como si nada en el mundo pudiera afectarle; como si no estuviera tratando con desesperación e intensidad, reprimir el profundo dolor de una vieja herida... que inesperadamente se había abierto de nuevo.

A lo largo de la noche, hizo un gran esfuerzo por rechazar los eróticos recuerdos que querían abrirse paso en su mente con suma insistencia. No fue de mucha ayuda compartir el mismo salón, entre charlas, prosas y poesías ahí estaba él... siempre perturbando su vida. Obligándole a hacer comparaciones. Siempre entrometiéndose en sus pensamientos. Ese hombre, siempre había hecho que deseara cosas que no tenía, como tener una persona que le amara tanto como ella lo amaba y lo deseaba a él... Alguien a quién pertenecer.

Josseph




Quién fue


Desearía saber quién fue el perverso
que quitó identidad en tu documento
y te empujó a atravesar el tiempo
sin la música de los dulces versos.

Desearía saber quién fue el maldito
que opacó tus sonrisas con lamentos,
convirtiendo tu gozo en sufrimientos,
cambiando tu alegría en fuertes gritos.

Quisiera frente a mí al malnacido
que hurtó tu juventud en un momento,
poniendo en tus pupilas lentes negros,
marchitando tus flores con espinos.

Dime quién arrugó tu piel lozana
con las grietas curtidas de los años,
largas noches de llanto y desengaño,
quebrando la ilusión de tus mañanas.

Di que fue el brazo oscuro del destino
o el rigor tempestuoso de los vientos.
Di que fueron aventuras de tus cuentos
o que fue tu locura y desatino.

Di que fue el deseo de tu sexo,
o que fue el producto de un error.
Di que fueron tus párpados inciertos,
di que fueron los engaños del amor...

Échale la culpa a tus ancestros...
¡Échale la culpa al mismo Dios!
Mas, no me hagas a mí culpable de esto,
no me digas, amor, que he sido yo.

Josseph


Sabiendo quien eres (Ensayo)


Quien dijo que no lucha por causas perdidas, es aquel que probablemente esté surgiendo de las cenizas con más vigor y más fuerza. 
Se dice que la única forma de ver el momento de más esplendor del Fénix es cuando sus alas se despliegan desde su tumba, cuando ya todos se fueron y no pueden apreciar su magnitud. 
Un poco Fénix y un poco Mar, no dejo de ser yo. Aunque los golpes sean cada vez más duros, más brillante me alzo entre los cielos de mi corta eternidad, más ajeno al dolor y más fuerte.
Pobres las almas anónimas que buscan el secreto aquel capaz de enloquecer. Tristes y malditas queriendo abatir aquello a lo que no pueden llegar. 
¿Qué tan duros pueden ser los golpes que reciben las sombras? ¿Qué tan dolorosos para las sombras y qué tan agotador para nosotros mismos? 
Una vez, más allá de mi vista, cuando el tiempo para mí no tenía límites, me sentí Justo. Sentía que la Verdad estaba de mi lado, ignota presea que es tan sabia que no toma partido por lucha alguna. Y hoy aquí, sentado frente a una pantalla, jugando a ser Mar y sintiéndome Fénix, solo soy un poco más sincero, un poco más temeroso y por eso cada vez un poco más humano.
Si bien la Soledad no deja de ser mi aliada, aveces me hallo rodeado de gente. Ella, aún así puede envolverme en su nebulosa, haciéndome escuchar mis silencios, mis pensamientos, mis recuerdos. No me dejará, porque le gusto demasiado y me necesita tanto como yo a ella. A esa crueldad fría y majestuosa que es la soledad, la conozco desde mis entrañas; me hipnotiza y me atrapa.
La soledad somos nosotros mismos en compañía del pasado, ese que nos gustó nos atrapó y hoy quisiéramos volver.
Sentado en la colina de mi vida, viendo con un poco de nostalgia mi pasado y con mucho cansancio mi futuro. Disfrutando el éxtasis de saborear las palabras, una vez más, sabiendo que en su abrazo podré alejarme de esta realidad que es tan fría y tan tangible que da miedo. Sabiendo que detrás de un placar, duerme la locura disfrazada, y a una distancia imaginaria de mí, lloran las lágrimas que no puedo evitar. 
Luchas perdidas no habrá en mi camino. Sepa el mundo que descubrí que cada batalla que perdí es por que nunca la luché. Pero hoy mi esperanza espera y aunque deba pagar mi tardía resistencia, después de haber flaqueado varias veces, mi camino está más empinado y más rocoso. Piensen algunos que lamentablemente, por que justo en el momento en que mis piernas están más fuertes y mi cuerpo renovado después de haber sido curtido por el calor del Sol.
Y allá estás y me esperas, sé que vale la pena descubrirte un poco más, por el resto de mi vida.
Aunque la Soledad me siente a su lado, y me abrace haciéndome saber la lujuria de su inmensa eternidad, y aún sabiendo que no podré nunca estar sin ella, sé que con el tiempo que nos queda por delante aprenderás que somos uno, y te dejarás enloquecer por el abrazo de nuestra alma solitaria. 
Aquí estoy cada día. Menos soy yo y más próximo a lo que tú quieres que sea. 
Más de nadie, más fuerte. Mi energía hecha dos almas, hoy lloro, lágrimas que deberían ser mías; pero aguarda la Alegría que espera sentada en un rincón, porque su timidez no le permite acercarse. Más de nadie, pero a tu lado, sabiendo quien eres, y con temores a que serás...

Sigo aquí... siempre estoy, aunque un poco más lejos de vez en cuando, para poder apreciar la esencia de aquello que en la cercanía sólo se desdibuja...

Josseph


Celos


Tengo celos de ti. ¿Por qué negarlo?
Tengo celos de ti, celos rabiosos;
celos de la sonrisa de tu boca,
celos de las miradas de tus ojos.
Cuando yo no te oigo ¿Cómo hablas?
Cuando yo no te veo ¿Cómo miras?
Cuando no estoy delante ¿Cómo suenan
los áureos cascabeles de tu risa?
Tú sabes en los ojos de los hombres
hay miradas impuras,
que unas veces parecen que acarician
y otras veces parecen que desnudan.
Cuando un hombre te mira de ese modo,
cuando te envuelve una mirada de ésas
y sientes que resbala por tu cuerpo,
¿Qué es lo que sientes, di, qué es lo que sientes?
Yo puedo adivinar qué pensamientos
laten en ti cuando de mí te acuerdas;
cuando es de otro el recuerdo que te asalta,
¿Qué es lo que sueñas, di, qué es lo que sueñas?
Yo te he visto mil veces temblorosa
ante el fervor de mis ardientes frases,
con los divinos ojos entornados
y los húmedos labios anhelantes.
Embaída de amor, desvanecida,
cuando soy yo el que de amor te habla.
Si las palabras son las mismas dime:
¿Cómo te suenan de otro las palabras?
Tú juras que me has dado
tu corazón, tu cuerpo y tu cariño;
pero nunca sabré si tras tus ojos
se esconde un pensamiento que no es mío.
¡Y qué me importa tu cariño entonces,
qué vale la escultura de tu cuerpo,
si son los pensamientos de tu alma
como villanos que arrebata el viento!...
Josseph

Harén (Minificción)


Sumergida en el aromático encierro del harén, la bella Zaira pasaba sus días entre golosinas y siete velos. No era la odalisca más joven, ni la más dócil ni la más rebelde; Zaira se perdía entre las curvas y los caprichos de sus compañeras de cautiverio sin sobresalir por encima de ninguna de ellas. Una vez cada dos meses, días más, días menos, el Sultán dejaba caer un pañuelo de seda frente a Zaira, y esa noche Zaira debía asistir al lecho del Sultán.
No podía decirse que fuese una mujer infeliz. Es difícil ser infeliz cuando uno se acostumbra a su destino, y lo acepta sin preguntarse qué cosas habrá más allá de lo ya revelado. Paseaba por los jardines magníficos, comía dátiles y otros frutos, acariciaba a los tigres mansos que patrullaban los pasillos del serrallo. Su único deber era estar siempre disponible por si el deseo del Sultán reclamaba su compañía. Si bien la presencia del Sultán no se le antojaba irresistiblemente placentera, sí le resultaba agradablemente amena, y eso era suficiente para Zaira.
Las sesenta mujeres del harén eran asistidas y vigiladas por un selecto grupo de eunucos que consentían todos sus deseos sin cuestionar dificultades o delirios de grandeza. Entre los eunucos se encontraba Farid, un joven de rostro simpático y voz dulce, que soportaba su condición de casi hombre con resignación de león destronado. Farid bañaba y vestía a las odaliscas, les preparaba cenas suculentas, les contaba cuentos de lámparas mágicas y alfombras voladoras, les daba masajes con aceites de vainilla. Y Zaira lo contemplaba desde su discreto lugar entre la multitud. A veces, cuando la atención de Farid caía sobre Zaira, la muchacha se sentía sultana. Y cuando Zaira se sentía sultana, Farid se sentía hombre. Y si bien ninguno era infeliz por separado, juntos lograban un estado de plenitud que los sorprendía y los iluminaba.
Zaira y Farid comenzaron a coordinar deberes y ocio para que sus encuentros parecieran ser obra de la inexistente casualidad. Juntos se recostaban en el patio a mirar las estrellas de las noches más hermosas del mundo, bajo la serena mirada de los tigres mansos que, en esas ocasiones, jugaban a ser perros de buena familia. Inventaban historias de amor imposible entre odaliscas y eunucos, y luego las hacían verídicas frente a la misma nariz del Sultán, que no sospechaba nada porque creía que amar era poseer y ser poseído.
Cuando el Sultán legó el trono a su primogénito, Zaira y Farid fueron desplazados por mujeres frescas y castrados fuertes. La jubilación los encontró juntos y plenos, y el nuevo Sultán, ignorante de la unión, obligó a Zaira a servir a las nuevas muchachas, y a Farid a servir a Zaira. Mientras las mujeres pasaban sus días sumergidas en el aromático encierro del harén, Zaira y Farid las entretenían cocinándoles cenas suculentas, dándoles masajes con aceites de vainilla, y contándoles historias de amor imposible entre odaliscas y eunucos.

Josseph



Por amor mismo (soneto irracional)


Al decirme que ibas a marcharte
las ganas me vinieron de abrazarte
y con ello poderte retener.

Pero en el fondo supe era imposible.

¿Acaso alguno puede detener
la lluvia antes de que llueva? ¿Quién el arte
de volver todo atrás tiene? Dejarte
marchar significaba padecer.

Pero en el fondo supe era imposible.

Podemos hacer sólo lo factible
y entre tú y yo existía ya un abismo.
Hasta el amor resulta imprevisible,
pero el amor es algo indescriptible
¡Que te dejo marchar por amor mismo!


El soneto irracional, creado en 1963 por Jacques Bens, basa su estructura en el número pi (de donde el adjetivo irracional). Consta de cinco estrofas compuestas de 3, 1, 4, 1 y 5 versos cada una, números que son las cinco primeras cifras significativas de pi.
Las dos estrofas de verso único (versos 4 y 9) actúan a manera de refrán o estribillo, por lo que se repiten íntegramente.
Su esquema rítmico es el siguiente: AAB-C*-BAAB-C*-CDCCD.

Amor frustrado (ensayo)


¿Alguna vez escucharon eso de que las mejores historias de amor son las frustradas? Yo no creía en eso hasta que esta historia me lo dejó pensando. 
Una de esas historias en las que rogás que los protagonistas se queden juntos al final pero si lo hicieran la magia se terminaría sin más ni más. Obviamente no podré dar nombres, lo que se le cuenta al Mar es como una confesión, hablando de confesiones lo que les contaré habla mucho de creencias.
Una vez dos seres que pertenecían a mundos algo diferentes se conocieron sin verse, y no pudieron evitar sentir una inmensa atracción el uno hacia el otro, las diferencias hicieron más notorias las cosas que tenían en común.
Las ideas eran compartidas y conocer tanto de algo tan distinto, conocerse el uno al otro no pudo dejar de interesarles, eran seres curiosos, con sed de aprender, de conocer, y sobre todo de crecer. 
El cambio era la única norma y si estaban juntos se aislaban de todo lo demás. Pero lamentablemente todo lo demás existe y muchas veces es más fuerte de lo que creemos. Y aunque querramos con todas nuestras fuerzas impedirlo, el todo lo demás empieza a querer ser el único todo y a veces lo consigue, para mala suerte o no, de nuestros protagonistas ese fue el único todo a fuerza de presiones y desequilibrios.
Ocultarse para siempre es imposible, mas cuando en todo nuestro ser comienzan a notarse los cambios de una felicidad que es más grande que nosotros mismos, ahí empiezan los males... los de afuera que no lo pueden entender intentan destruirlo porque siempre se le teme a lo desconocido.
Los problemas se hacen demasiados sobre todo para esos seres que idealizan la vida. En este caso las presiones hicieron notorias las diferencias que creían que los hacían un solo ser entre ambos, él opto por la rebelión, idealista al máximo, creyó tanto en su realidad que aún hoy sigue creyendo que podría haberle ganado al "todo lo demás", ella, sin embargo creyó más apropiada la distancia y el tiempo para que las presiones disminuyeran. 
Esta decisión lo enloqueció porque que consideraba que nada podía ser más fuerte que lo que los unía, y caratuló de cobarde esa propuesta. Como se imaginarán el final fue abrupto con muchas heridas, y otras tantas lágrimas que no debían estar pero fueron inevitables. Finalmente, el todo lo demás ganó la batalla, fue más fuerte que la propia realidad.
Ahora me pregunto, si a esta historia la hizo inmortal que no fuera, que lo demás ganara; ¿Si gana el sentimiento, las historias mueren?

Josseph


Quiero una mujer (prosa poética)

Quiero una mujer que me acepte hombre. Una mujer que me haga llorar de nuevo con esas canciones que ya habían hecho brotar todo el llanto que creía tener guardado. Una mujer imperfecta sin complejos, que no tenga miedo de pedir que le rasquen la espalda, o que le expliquen algo que no entienda, que la protejan del frío o le endulcen el café. 
Quiero una mujer que se pinte la cara porque le guste y no porque crea que le haga falta. Una mujer que coma con los dedos y se limpie la boca con el revés de la mano. Una que prefiera dormir desnuda, que pueda bailar toda la noche sin necesidad de música, que sepa adornar sus discursos con las metáforas más bellas, los más finos ademanes, que sepa exorcizar sus arrebatos de bronca con las mismas blasfemias y juramentos de carretero con que lo hago yo. Una mujer sensible y profunda que deje que su mirada se pierda en la distancia sin buscar allí nada específico, que llore cuando le dé la gana y que ría sin motivo con el mismo estrépito maravilloso de los dementes felices. 
Quiero una mujer que cuando me abrace no se sienta como una parte de mi cuerpo que faltaba, sino como algo que siempre estuvo allí. La quiero que huela a monte, hojarasca y tierra húmeda. 
Quiero que ame los baños de mar, el correr por la sabana y se entretenga con vestir cada centímetro de mi piel con la magia de unos dedos que nunca necesitaron aprender de caricias porque se mueven por instinto. 
Quiero una mujer que pierda la compostura ante los poemas de Neruda, que se embriague con el perfume de las flores. Una que tenga predilección por las películas tristes, las canciones de Silvio y la risa de los niños, una que odie a los relojes y los troncos mutilados; una que crea descender de los unicornios y las aves del paraíso, los continentes perdidos y que no crea en la existencia de los jardines vedados, las frutas de la sabiduría o los pecados originales. 
Quiero una dama en todo el sentido de esa palabra tan ambigua y maravillosa. No quiero una mujer que tolere con piadoso estoicismo mis malas costumbres (para eso tengo mi soledad), pero que me motive a cambiarlas. No una que apoye mis proyectos (para eso compro una silla) sino una que me inspire a seguir con ellos. No una que se me asemeje hasta el cansancio (para eso compro un espejo). No quiero una que satisfaga todos mis deseos y me obedezca como a un amo (para eso compro un perro) ni que pretenda dar paz a mi alma y sosiego a mi corazón (para eso están mis meditaciones y Dios). 
Quiero una mujer a la que no le importe lo que tengo, pero sí lo que ambiciono y me exija siempre más de lo que le doy. Será una mujer que no extrañaré cuando se ausente, porque estará muy viva en mi interior. Será alguien a quien no tendré que enamorar porque ese será un tiempo que aprovecharemos en otras cosas. Será una con la que reinventaré el amor, con la que volveré a nombrar los poetas y dar otra luz a los astros. Con esa mujer adornaré el inventario de mis sueños y despertaré de la larga pesadilla de la sociedad para conquistar el mundo con espadas de madera y recorrer el cosmos cabalgando un cometa helado. 
Con esa mujer tendré el poder de ser yo mismo y la osadía de, por una vez en la vida, ser feliz. Esa es la mujer que yo quiero, pero no la estoy buscando. Con quererla así me basta. Si acaso existe en algún lugar del universo esa rara bestia, ese engendro fabuloso mezcla de animales nocturnos, destellos de luz, extractos minerales y fragancias sagradas, no me ocuparé de buscarla porque estoy en la certeza de que la Providencia Divina se encargará de ponerla en mi camino.


El sótano (Minificción)

Tan solo recordaba haber salido de casa camino a ese pueblo en medio de la nada, llegó a la terminal minutos antes de la partida, abordó el ómnibus y se aprestó a disfrutar del largo viaje. Nevaba sobre las cumbres y ella estaba fascinada con aquel espectáculo que la naturaleza le regalaba -nunca había visto la nieve- . Llevaba puestas sus botitas en sus bellos y pequeños pies. No veía a nadie; sus ojos sólo estaban embelesados con el dantesco paisaje cubierto de una sábana blanca, pero de pronto algo la había envuelto; una visión confusa y helada que correspondía y no correspondía a la mañana que parecía desvanecerse lentamente; había atravesado aquel arco que se formaba de una gruesa rama del centenario algarrobo -es un pasaje a otra dimensión- le dijo ese misterioso hombre.
La niña despertó de su letargo y se encontró tendida sobre el frío suelo de lajas negras, era una habitación enorme, difícilmente iluminada por un candelabro anclado a la pared, sintió sus ojos acomodarse a las penumbras e intentó recordar, pero el vacío de la amnesia la llenó de pánico. Bajo la penumbra, la habitación parecía infinita, tan solo un ventanal de madera, sin vidrios, anunciaba su presencia bajo la enorme sombra azul de la luna llena. La hoguera apagada... los leños estaban mojados. Notó que era de noche y de inmediato se preguntó cuánto tiempo habría permanecido ahí, tendida sobre aquella inmaculada oscuridad. A su lado, sobre el suelo se extendía una enorme tapa de hierro; una grotesca puerta horizontal hacia a un probable sótano.
Intentó levantarse y notó que apenas si podía moverse, los brazos y las piernas le pesaban demasiado. Logró tenderse de lado y bajo un espasmo visceral sentarse sobre el suelo. Un miedo instintivo la impulsaba a moverse pese a todo; necesitaba salir de ahí, pero su mente empezaba a divagar entre visiones nuevamente. De pronto escuchó el crujido de una cerradura bajo la pesada puerta de hierro y ante sus ojos aterrorizados esta se abrió completamente, un suspiro de aire denso y frío llenó en un instante la habitación enorme. Intentó gritar, pero las visiones que nublaban su mente parecían impedirle todo movimiento y toda voluntad. Sintió el suelo helado bajo la planta de sus pies y entendió que se había parado, de algún modo dio un paso y luego otro, horrorizada; notó que caminaba hacia la puerta abierta, aún contra todo sentido bajando los escalones de madera que de ella se desencadenaban. Creyó poder mirar hacia abajo, cuando un golpe severo estalló detrás suyo; la puerta se había cerrado a sus espaldas. Las visiones la habían dejado sola en la completa oscuridad a mitad de la escalera de madera; no alcanzó a gritar, cuando de repente resbala y cae contra el húmedo y frío suelo del sótano.
Como en un ritual erótico, aquel ser misterioso la tomó entre sus brazos, la invitó a su cama con la sábanas tibias, le quitó dulcemente las ropas y le acomodó el cabello. Su risa angelical rompió el silencio.
En el fondo del sótano una hamaca paraguaya, comenzó a moverse sola, chirriando los ganchos herrumbrados de sus extremos. Se vio entonces a si misma desde los ojos del hombre misterioso quien la abrazaba acunándola, besando sus labios... y su boca con una ternura infinita. Afuera de la casa ya no nevaba, y el frío ya no le calaba los huesos.
Josseph


Presentación


Estas páginas intentan ser un paseo por el mundo de los sentimientos, a veces dulce, a veces atormentado. Desean llegar hasta los rincones más íntimos de los corazones heridos; quieren ser una exploración de los matices y las tristezas con que cientos de poetas, a lo largo del tiempo, han enriquecido el tema de inspiración poética más universal.

Tanto ha significado el amor en la poesía, que a menudo amar y escribir versos ha sido todo uno.

Ante la pregunta: ¿Qué es poesía? Bécquer respondió con mucha claridad... “Poesía eres tú”. También Lope de Vega lo sabía muy bien cuando cerraba con broche de oro un soneto:

¿Que no escriba, decís, o que no viva?

Haced vos con mi amor que yo no sienta,

que yo haré con mi pluma que no escriba.

Los poemas que encontrarás en estas páginas comunican estados de ánimo que se reflejan en un amplio surtido: desde la alegría alocada del amor recién nacido hasta la desesperación más profunda del que ya no espera nada. A veces es la queja dulce, el dolor suave y, de tarde en tarde, asoma el regocijo, el júbilo y hasta la vivencia del éxtasis.

Pero no nos engañemos; son el dolor y la tristeza, el desengaño y la nostalgia, el tormento y la desesperación las experiencias que han dictado las páginas más apasionadas; y casi siempre más hermosas.

Aunque esto es una antología, y toda antología tiene mucho de personal, es posible que cada lector encuentre lagunas y omisiones; pero trataré de llevar a los internautas por los sentires del alma a través de la poesía de todos los tiempos.

Deseo dar lo mejor de mí al hacer un homenaje a estos grandes poetas de todos los tiempos.