miércoles, 5 de noviembre de 2014

Harén (Minificción)


Sumergida en el aromático encierro del harén, la bella Zaira pasaba sus días entre golosinas y siete velos. No era la odalisca más joven, ni la más dócil ni la más rebelde; Zaira se perdía entre las curvas y los caprichos de sus compañeras de cautiverio sin sobresalir por encima de ninguna de ellas. Una vez cada dos meses, días más, días menos, el Sultán dejaba caer un pañuelo de seda frente a Zaira, y esa noche Zaira debía asistir al lecho del Sultán.
No podía decirse que fuese una mujer infeliz. Es difícil ser infeliz cuando uno se acostumbra a su destino, y lo acepta sin preguntarse qué cosas habrá más allá de lo ya revelado. Paseaba por los jardines magníficos, comía dátiles y otros frutos, acariciaba a los tigres mansos que patrullaban los pasillos del serrallo. Su único deber era estar siempre disponible por si el deseo del Sultán reclamaba su compañía. Si bien la presencia del Sultán no se le antojaba irresistiblemente placentera, sí le resultaba agradablemente amena, y eso era suficiente para Zaira.
Las sesenta mujeres del harén eran asistidas y vigiladas por un selecto grupo de eunucos que consentían todos sus deseos sin cuestionar dificultades o delirios de grandeza. Entre los eunucos se encontraba Farid, un joven de rostro simpático y voz dulce, que soportaba su condición de casi hombre con resignación de león destronado. Farid bañaba y vestía a las odaliscas, les preparaba cenas suculentas, les contaba cuentos de lámparas mágicas y alfombras voladoras, les daba masajes con aceites de vainilla. Y Zaira lo contemplaba desde su discreto lugar entre la multitud. A veces, cuando la atención de Farid caía sobre Zaira, la muchacha se sentía sultana. Y cuando Zaira se sentía sultana, Farid se sentía hombre. Y si bien ninguno era infeliz por separado, juntos lograban un estado de plenitud que los sorprendía y los iluminaba.
Zaira y Farid comenzaron a coordinar deberes y ocio para que sus encuentros parecieran ser obra de la inexistente casualidad. Juntos se recostaban en el patio a mirar las estrellas de las noches más hermosas del mundo, bajo la serena mirada de los tigres mansos que, en esas ocasiones, jugaban a ser perros de buena familia. Inventaban historias de amor imposible entre odaliscas y eunucos, y luego las hacían verídicas frente a la misma nariz del Sultán, que no sospechaba nada porque creía que amar era poseer y ser poseído.
Cuando el Sultán legó el trono a su primogénito, Zaira y Farid fueron desplazados por mujeres frescas y castrados fuertes. La jubilación los encontró juntos y plenos, y el nuevo Sultán, ignorante de la unión, obligó a Zaira a servir a las nuevas muchachas, y a Farid a servir a Zaira. Mientras las mujeres pasaban sus días sumergidas en el aromático encierro del harén, Zaira y Farid las entretenían cocinándoles cenas suculentas, dándoles masajes con aceites de vainilla, y contándoles historias de amor imposible entre odaliscas y eunucos.

Josseph



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