Desearía saber quién fue el perverso
que quitó identidad en tu documento
y te empujó a atravesar el tiempo
sin la música de los dulces versos.
Desearía saber quién fue el maldito
que opacó tus sonrisas con lamentos,
convirtiendo tu gozo en sufrimientos,
cambiando tu alegría en fuertes gritos.
Quisiera frente a mí al malnacido
que hurtó tu juventud en un momento,
poniendo en tus pupilas lentes negros,
marchitando tus flores con espinos.
Dime quién arrugó tu piel lozana
con las grietas curtidas de los años,
largas noches de llanto y desengaño,
quebrando la ilusión de tus mañanas.
Di que fue el brazo oscuro del destino
o el rigor tempestuoso de los vientos.
Di que fueron aventuras de tus cuentos
o que fue tu locura y desatino.
Di que fue el deseo de tu sexo,
o que fue el producto de un error.
Di que fueron tus párpados inciertos,
di que fueron los engaños del amor...
Échale la culpa a tus ancestros...
¡Échale la culpa al mismo Dios!
Mas, no me hagas a mí culpable de esto,
no me digas, amor, que he sido yo.
Josseph

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