Tan solo recordaba haber salido de casa camino a ese pueblo en medio de la nada, llegó a la terminal minutos antes de la partida, abordó el ómnibus y se aprestó a disfrutar del largo viaje. Nevaba sobre las cumbres y ella estaba fascinada con aquel espectáculo que la naturaleza le regalaba -nunca había visto la nieve- . Llevaba puestas sus botitas en sus bellos y pequeños pies. No veía a nadie; sus ojos sólo estaban embelesados con el dantesco paisaje cubierto de una sábana blanca, pero de pronto algo la había envuelto; una visión confusa y helada que correspondía y no correspondía a la mañana que parecía desvanecerse lentamente; había atravesado aquel arco que se formaba de una gruesa rama del centenario algarrobo -es un pasaje a otra dimensión- le dijo ese misterioso hombre.
La niña despertó de su letargo y se encontró tendida sobre el frío suelo de lajas negras, era una habitación enorme, difícilmente iluminada por un candelabro anclado a la pared, sintió sus ojos acomodarse a las penumbras e intentó recordar, pero el vacío de la amnesia la llenó de pánico. Bajo la penumbra, la habitación parecía infinita, tan solo un ventanal de madera, sin vidrios, anunciaba su presencia bajo la enorme sombra azul de la luna llena. La hoguera apagada... los leños estaban mojados. Notó que era de noche y de inmediato se preguntó cuánto tiempo habría permanecido ahí, tendida sobre aquella inmaculada oscuridad. A su lado, sobre el suelo se extendía una enorme tapa de hierro; una grotesca puerta horizontal hacia a un probable sótano.
Intentó levantarse y notó que apenas si podía moverse, los brazos y las piernas le pesaban demasiado. Logró tenderse de lado y bajo un espasmo visceral sentarse sobre el suelo. Un miedo instintivo la impulsaba a moverse pese a todo; necesitaba salir de ahí, pero su mente empezaba a divagar entre visiones nuevamente. De pronto escuchó el crujido de una cerradura bajo la pesada puerta de hierro y ante sus ojos aterrorizados esta se abrió completamente, un suspiro de aire denso y frío llenó en un instante la habitación enorme. Intentó gritar, pero las visiones que nublaban su mente parecían impedirle todo movimiento y toda voluntad. Sintió el suelo helado bajo la planta de sus pies y entendió que se había parado, de algún modo dio un paso y luego otro, horrorizada; notó que caminaba hacia la puerta abierta, aún contra todo sentido bajando los escalones de madera que de ella se desencadenaban. Creyó poder mirar hacia abajo, cuando un golpe severo estalló detrás suyo; la puerta se había cerrado a sus espaldas. Las visiones la habían dejado sola en la completa oscuridad a mitad de la escalera de madera; no alcanzó a gritar, cuando de repente resbala y cae contra el húmedo y frío suelo del sótano.
Como en un ritual erótico, aquel ser misterioso la tomó entre sus brazos, la invitó a su cama con la sábanas tibias, le quitó dulcemente las ropas y le acomodó el cabello. Su risa angelical rompió el silencio.
En el fondo del sótano una hamaca paraguaya, comenzó a moverse sola, chirriando los ganchos herrumbrados de sus extremos. Se vio entonces a si misma desde los ojos del hombre misterioso quien la abrazaba acunándola, besando sus labios... y su boca con una ternura infinita. Afuera de la casa ya no nevaba, y el frío ya no le calaba los huesos.
Josseph

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